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martes, octubre 09, 2007

VI

Comenzaron los primeros roces, desde el momento de fijar la hora de la ceremonia:

Deseaba casarme por la tarde.: sospechaba que tantos meses de preparativos, el agotamiento que ya sentía y el peso del traje de novia, me dejarían para el arrastre. Pero Chemo decidió por los dos:

.- Viene mi familia del pueblo y no pienso hacerles el feo de una celebración corta. La boda será por la mañana.

.- ¡Pero Chemo!- me quejé- si es que ya noto que no puedo ni arrastrar el alma... ¡ese día me tendrán que recoger con excavadora!..…

.- ¡No hay más que hablar, Leire!: Reserva ceremonia para las doce del mediodía y tendremos aperitivo, comida, merienda y cena. Mi familia siempre se ha portado muy bien y no voy a hacerles ese feo.


Y el traje de novia…

Un fin de semana le comenté a mi novio que ya había encargado el traje de novia y comenzaría enseguida con las pruebas. Chemo debió comentarlo con su familia y al día siguiente llegó con la noticia (y reproche):

.- Mi madre está muy disgustada porque te has encargado ya el traje

.- Pero, Chemo… -balbuceé- ¡si quedan cuatro meses para la boda y los trajes llevan tiempo entre prueba y prueba…!

.- Es que dice mi madre que siempre tuvo el sueño de hacerle el traje de novia a la prometida de uno de sus hijos. Mi cuñada no quiso y pensó que a ti te lo cosería.

.- Chemo… nunca me has contado que tu madre cosiera. ¿Cómo iba a saber yo tampoco que ella quisiera hacerme el traje?. Si nadie me cuenta una ni otra cosa, ¿cómo voy a imaginarlas?

Ahí terminó la conversación; pero me creí obligada a hablar con mi futura suegra, de modo que tomé el teléfono:

.- ¿Lina?... soy Leire: es que me ha contado Chemo que deseabas hacerme el traje…

Sin dejarme terminar la frase, Lina “embistió”:

.- ¿Sabes que te digo?: Te has precipitado. Vas a ser la única novia del mundo con dos trajes de novia; porque vas a encontrar otro que te guste más. Ya lo verás

Y blablabla, blablabla, blablabla…

Yo no sabía dónde meterme, abrumada a reproches que no conseguía entender y que no creía merecer.
Tal era mi disgusto cuando colué el teléfono, que llamé a mi madre para explicarle lo sucedido y decirle que para “compensar” a mi futura suegra, la invitaría a ver las pruebas del traje de novia.


A mi madre no le pareció nada normal ni el reproche de la consuegra ni que yo la llevara a las pruebas… pero, por prudencia, dejó en mis manos la decisión.
Así fue como, desde la primera prueba, tuve a mi madre a mi lado… y a mi suegra... y a la hermana de ésta.

Mucho trabajo me costaba que mi madre se pronunciase sobre las elecciones que iba haciendo; todo lo contrario que la madre y la tía de mi novio: “te queda largo, que te lo suban hasta los tobillos”... "llevarás guantes,¿no?"... “no: diadema, no. Una corona. Yo siempre quise llevar corona. Y a tu cuñada le voy a decir que lleve pamela”...

Entre los nervios, el agotamiento y la familia política, tuve que morderme la lengua más de una vez para no replicar abruptamente y decirle a mi suegra que los guantes y la corona real los llevara ella; y que no pensaba cortar mi traje de novia como para ir a pescar.

Aquí sólo hicieron por empezar los obstáculos.

El viaje de novios no fue problema: como yo no tenía una decisión tomada y Chemo deseaba más que nada visitar los Estudios de la Universal, le resultó fácil convencerme.


La elección del restaurante tampoco fue difícil; ni el número de invitados ( lo habitual: amigos, parientes y compromisos de ambas familias)
Pero sí la colocación de las mesas y los asistentes:

Yo quería mesas redondas, para que todos los invitados pudieran sostener conversaciones unos con otros durante el banquete. Hasta ahí no hubo problema.
Lo malo es que quería también una mesa redonda para los novios y los padrinos: por la misma razón que para el resto de los invitados y porque no quería una mesa rectangular de esas que se colocan en un estrado y propician que los novios sean escrutados en todo momento por los invitados.

No hubo manera: Chemo se alió con el “public relations” del restaurante. y por mucho que rogué, se decidió que los novios y los padrinos se sentarían a una mesa rectangular colocada sobre un estrado a un metro por encima de las demás mesas.

Ya me veía ya agonizar de vergüenza.



El menú también hubo de negociarse. Y es que yo quería algún plato de pescado, puesto que siempre me había disgustado la carne. Nada que hacer: mi novio y su familia eran “carnívoros”... y Chemo se negó rotundamente a mi petición, aún habiéndole preguntado qué, pues, iba yo a comer ese día…. Alguien me dijo que las novias no comían, que estaban demasiado felices y nerviosas. Pero eso no me consoló en absoluto pues pensaba, por anticipado, en comer y disfrutar desde el momento en que todo ese follón de la boda terminase .
“Come marisco”, me decían… “si es que el marisco me produce alergia y no puedo comerlo”-explicaba yo-
"Pues ya se verá"-era la invariable respuesta.

Y se cerró el menú, con la novia al margen.

Tan al margen que se ofreció a los novios una degustación gratuíta para que se hicieran una idea de cómo quedarían las viandas el día de la boda; degustación a la que asistió, exclusvamente, Chemo con su familia.

Colocar a los invitados tampoco fue tarea fácil. Salvo mis amigas- quienes me habían expresado su deseo de sentarse todas a la misma mesa- y mis amigos, que se sentarían con una de mis hermanas, lo demás fueron problemas: A éste no se le puede poner en la misma mesa que aquél… "mi familia (decía Chemo) tiene que estar en las primeras mesas, cerca del estrado"… etc, etc…

El problema que me ocasionó mayor disgusto vino de la mano de un compañero de profesión y conocido de mi padre, quien se enteró de la boda y me pidió que le invitara:
Yo sabía que no iba a conocer a nadie puesto que, salvo a mis compañeros de despacho y mi procuradora, no había invitado a nadie de la profesión. De manera que le comenté a Chemo el tema y le consulté acerca de la posibilidad de colocarle en la mesa del estrado, toda vez que no sabía con quién sentarle si los conocidos del hombre en cuestión se reducían a la novia y su padre.
Chemo montó en cólera y mr acusó de querer sacar a su abuela del estrado para sentar a un desconocido.
Y... no fuí capaz, al parecer, de explicarle que no se me había ocurrido semejante cosa, y que yo no había mencionado o siquiera pensado algo así respecto a la abuela; tan sólo pensaba en si sería posible colocar una silla más en el estrado para hacerle hueco al nuevo invitado, junto a mi padre.
Pero Chemo se negó a escuchar cualquier razonamiento y me urgió a que me las apañara como pudiese: “Es tu problema”; una frase a la que, por desgracia, hube de acostumbrarme en poco tiempo.

Afortunadamente, poco antes de la boda, el hombre habló conmigo y me comunicó que no conocía a los invitados y que, por tanto, no acudiría al banquete.



Sabía que no estaba bien… pero respiré al oir estas palabras. Este asunto había sido la primera fuente de conflicto importante entre Chemo y yo y la única vez que me había gritado al enfadarse. Había llorado mucho y me aliviaba poder dejar ahí el tema.

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