
Cierto fin de semana, me encontraba esperando la visita de Chemo... y me sentí afiebrada: me puso el termómetro y comprobé que tenía temperatura muy alta. Mi madre desaconsejó cualquier cosa que no fuera guardar cama todo el fin de semana: y... lloré tanto y con tan hondo dolor por separarme otra semana más de Chemo, que mi madre temió que enfermara seriamente y hubo de advertirme.
Era tan grande lo que sentía… nunca antes había experimentado tal conmoción. Nunca antes había cedido mi mente el control al corazón. Y es que ya no era sino corazón y cuerdas de chelo, que Chemo pulsaba a su antojo.
Desde mi despacho, y entre expediente y expediente, escribía una carta semanal a Chemo. A veces se la enviaba por correo, otras la guardaba para entregársela en persona el viernes.
Chemo hacía otro tanto… cartas inflamadas de pasión, en las que ambos asegurábamos no poder vivir sin el otro; ser el uno para el otro lo mejor que habían encontrado en sus respectivas vidas. Cartas en las que yo ideaba unos cables, aún no inventados, que conectasen nuestros cerebros y almas, para probarmos lo que sentíamos.
Docenas de cartas guardé y releí hasta hace sólo unos pocos meses, cuando tomé la decisión de devolverlas a su autor. Unas misivas que habían dejado de intercambiarnos cuando Chemo, al poco, se aburrió de escribir.
Entonces-creía yo aún-cuando cesa la pasión, lo que queda es el AMOR. Y no... a veces no queda nada...
A mí no me importaban las anteriores relaciones de Chemo; no sentía curiosidad: “me basta el aquí y ahora”, le decía.
Pero Chema insistía en contarme:
Así supe que había tenido una larga relación con una chica de dieciocho años que veraneaba en el mismo pueblo en el que mis padres tenían una casa: al parecer fue una relación de altos y bajos que, decía Chemo, había cortado él, a pesar de que ella quería casarse.
A esta chica le siguió una mujer de origen asiático a la que Chemo conoció en su ciudad de trabajo, en El Centro; y a la que dejó también cuando ella entendió que habían de casarse:
Al parecer, la educación recibida por la cxhica le hacía entender que las relaciones sexuales debían seguirse del matrimonio; y Chemo le hizo ver la discrepancia de esa mentalidad con la occidental (es decir: la suya propia).
Ella, según Chemo, volvió a su país, destrozada, y allí intentó acabar con su vida, cortándose las venas. Afortunadamente, explicó Chemo, no lo consiguió y hoy día está felizmente casada con un compatriota.
Y mi inmediata antecesora quien, al mismo tiempo que con Chemo, salía con un hombre casado, hasta que ella dejó temporalmente a Chemo por volver con el otro.
Al parecer, cuando la chica intentó reconquistar a Chemo, éste- primando el orgullo- la rechazó.
Chemo presumía de ser siempre él quien cortaba la relación; y de que siempre le habían “cazado”: que nunca hubo de esforzarse por conseguir una mujer. Supuestamente, yo era la única por la que hubo de esforzarse en la conquista.
Apenas me detuvo un instante en considerar esta actitud de Chemo como presuntuosa y entender que se estaba pavoneando ante mí de manera absolutamente machista.
Era algo más profundo, como entendería con el paso del tiempo. Y es que me debió haberle quedado meridianamente claro entonces que NADIE abandonaba a Chemo.
Otra peculiaridad de Chemo parecía ser su preferencia, cercana a a obsesión. por las mujeres vírgenes y, según él, vírgenes fueron todas sus novias. Este tema me causaba cierto apuro y malestare, poco acostumbrada a tratar de mi sexualidad con nadie y nada dispuesta a otorgar tan desmedida relevancia a ese tema: a mi juicio, obsoleto para la mentalidad de la sociedad del momento y con un mucho de sexismo.
En fin… Entonces mi mundo era de color azul-bebé y cada nuevo día olía a recién nacido y a promesas que no me atrevía a desear se cumplieran. Tan feliz era esperándolas y viéndolas flotar como pompas de jabón.
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