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martes, octubre 16, 2007

Intermezzo

Cada vez se declaran más indiferentes en el mundo; cosa lógica mirando un poquito alrededor nuestro y percatándonos de la ausencia de esperanza, el Imperio de la Soledad, el triunfo de los egoísmos particulares y de grupo y de la asombrosa cantidad de personas que toleran lo intolerable y callan por no ser molestados. ¿Cómo va a creer nadie hoy día en otra cosa que no sea en sí mismo?:

Dios se oculta detrás del muro que el mundo eleva cada vez más alto y nada es relevante a parte de los hechos y las mentiras mil veces repetidas para aparentar verdad.

Si llego a comentar que creo en los sueños, en la fuerza de los deseos y en la premonición de la intuición, me habrían quemado en la plaza del Ayuntamiento.

Y es que me llegaban contínuamente pequeños destellos que me dejaban interiormente incómoda y aprensiva...

Primero la despedida de soltera que nadie me ofreció (si bien mi grupo de amigas, al enterarse de que no habría despedida para mí, me regalarían, en su lugar, las fotos de la boda); después la insistencia contínua de mi futura suegra y la hermana de ésta porque no olvidara que eran una familia muy unida; los enfados cada vez más explosivos de Chemo y, por último, un par de días antes de la boda, un fogonazo mental que me aturdió durante días:

Celebrábamos una cena de presentación “oficial” de Chemo a mi familia.
Sentada a la diestra de mi novio, le contemplaba sonriente mientras él charlaba animadamente con los demás comensales.
De pronto, sentí que el Tiempo se paralizaba... y dejé de escuchar las conversaciones, la música del local...

Ddejé de percibir el movimiento a mi alrededor y me descubrí mirando a Chemo como si fuera la primera vez: No conocía a ese hombre. ¡Me iba a casar con un desconocido!. Le miraba con insistencia y no Me producía ninguna sensación de familiaridad su rostro, congelado en una sonrisa abierta que mostraba un hueco entre dos muelas empastadas que veía por primera vez en casi diez meses que le conocía.

Me ví sacudida por una sensación de pánico, un dejá-vu a sensu contrario... y pensó rápidamente si podría anunciar allí mismo que no me casaba, que no podía tomar por esposo a un hombre del que no sabía nada: “no le conozco, no le conozco”, me repetía una voz interior.

En ese instante, volvieron a mis oídos el barullo de las conversaciones, la música, las carcajadas... y el mundo y sus figuras recuperaron el don del movimiento.
Respiré hondo, tomÉ un largo trago de agua y Me “auto-analiCÉ”:

“Es una crisis de pánico, normal en una persona que va a dar un paso tan decisivo como el matrimonio. Es normal sentirse asustada y desorientada. Ya pasará”.

Y poco a poco deseché la intuición para decirme a sí misma que mis aprensiones no por normales dejaban de ser estupideces sin fundamento. Enajenación mental transitoria.

Hoy día, cuando me han abandonado sueños y premoniciones, mi intuición, sé que debí siempre seguirlos y continuar cultivando esa sensibilidad de la que siento apenas me queda un ápice.

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Chemo aún residía durante la semana en El Centro, por motivos de trabajo; pero era propietario en El Norte (ciudad de residencia de ambos y nuestras familias) de un pequeño apartamento sito en la parte alta: estrecho, pero alegre y soleado.
Ambos acordamos vivir allí nuestra vida de recién casados.
Asumí las tareas de acondicionamiento y limpieza del piso de soltero de Chemo y comencé a disponerlo todo para tener nuestro nuevo hogar listo para acogernos tras la boda.

Mi madre, y la persona que ayudaba a aquella en las tareas de casa, me auxiliaron para dejar el piso bien limpio y ordenado, desde el suelo hasta el techo.

Y encontramos de todo: calcetines sucios debajo de la cama, enrollados en una fabulosa alfombra de pelusas de polvo; cajas y cajas de cromos variados, papeles de todas clases, folios en blanco y arrugados; y “asuntos inclasificables” (como yo denominaba a aquéllo a lo que ni nombre podía dar).

Al limpiar los cajones y vaciar su contenido, encontramos la ropa interior más… indescriptible, sobre todo por decrépita.

Lo comenté a Chemo y éste arguyó que, puesto que nunca tenía tiempo para ir de compras, su madre se encargaba de vez en cuando de adquirirle lo que necesitaba.

Al parecer, Chemo no había visto una escoba en su vida, y eran su madre y su tía quienes, de vez en cuando, le pasaban una gamuza a la casa: el “Ejército de Limpieza”, como él las llamaba en broma.

Y no se le dio más vueltas al tema, salvo las incontables veces que la madre y la tía de Chemo me advertían de que “no hiciera trabajar a su niño en casa, que bastante trabajaba ya fuera”.
Qué más hubiera deseado yo, en numerosas ocasiones, que Chemo hubiese compartido alguna tarea…

Así que, ni corta ni perezosa, me hice también con la tarea de comprar camisas y ropa interior; cubiertos, vasos, sábanas, toallas, etc, para mi futuro esposo y la nueva casa: Ajuares nuevos a mi exclusiva costa...


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