
A los cinco meses de comenzar la relación, Chemo me pidió, por vez primera, que me casase con él.
Previamente habíamos tenido conversaciones sobre familia e hijos, porque Chemo parecía estar obsesionado con su edad: se creía “mayor” y decía que no podría esperar mucho para formar una familia. Yo quería niños, pero no tenía prisa: en todo caso siempre podría adoptar un pequeño.
Chemo parecía enfadarse al escuchar cualquier mención de adopción: decía que él quería tener hijos propios e insistía en que no le quedaba mucho tiempo.
Mucho más tarde, tuve ocasión de recordar y meditar con amargura esas palabras.
Después de todo, estaba enamorada.
Respondí “si” a la primera petición de matrimonio de Chemo... y a la segunda... y a la tercera… siempre sin fecha, pues necesitaba conocerle mejor antes de dar un paso tan importante, a mi entender. Y es que… tampoco tenía prisa. Quería vivir esos momentos un poco más.
A los diez meses de iniciada la relación, estando un día de Reyes en casa de mis padres, le comenté a Chemo que pensaba comprarme un piso con el dinero que estaba ahorrando. Ya era hora de independizarme.
Chemo se enfadó e intentó disuadirme, diciendo que él ya tenía casa y que no necesitábamos otra. Pero yo aducía que necesitaba mi propio espacio… y no me dejó terminar:
.- ¡Cásate conmigo!
.- Sí, Chemo. Me casaré contigo- aseguré (ya no sabía si por cuarta o quinta vez en cinco meses).
.- ¡Este año!. De este año no pasa, así que fija la fecha de la boda, que podría ser para el mes de junio, por mi trabajo. O dejamos correr lo nuestro-amenazó Chemo-
Me quedé petrificada: no esperaba que uno de los acontecimientos más importantes de mi vida, que imaginaba nimbado de un halo de romanticismo, me fuera planteado en esos categóricos términos: nada de anillo, ni de hincar rodilla en tierra, ni abrazo o beso, poema o… nada especial… como no fuera por la brusquedad de la petición.
Pensé rápidamente en que amaba a ese hombre y que no quería perderle por nada del mundo.
Así fue como me ví comprometida, sin darme cuenta de que acababa de ceder al primer chantaje.
Quedaban, pues, tan sólo cinco meses para la boda y hube de ir muy deprisa con los preparativos. Más aún cuando corrieron exclusivamente de mi cuenta ya que Chemo, con la excusa del trabajo fuera de la ciudad, decía no poder encargarse de nada: salvo su partida de bautismo y de encargar su traje, en nada más contribuyó Chemo a los preparativos... ni aún económicamente.
“Extra-oficialmente” cada uno ya conocía a la familia del otro. Y era yo quien pasaba cada vez más momentos, comidas y celebraciones familiares, con la familia de Chemo. A fin de cuentas, "iban a ser mi familia de adopción", pensaba ante la abrumadora cantidad de compromisos.
Mi madre de estaba contenta, porque me veía feliz. Y mis hermanoss recibieron con agrado al novio: coincidieron todos en que parecía un hombre muy afable, inteligente y divertido… y no tardaron en hacerle su amigo (aunque, tiempo después, tuve ocasión de conocer que mi hermana pequeña no tenía buena opinión de Chemo: sencillamente hacía lo posible por tratarle para agradarme a mí)
En cambio, mi padre no parecía muy satisfecho… pero siempre pensé que debía ser algún tipode celos: se le llevaban a su “ojito derecho”; y trataba de calmarle y asegurarle que era muy feliz.
Además de los padres y hermano de Chemo, conocí también a la Abuela: una mujer afable y cariñosa que, aún muy entrada en años, se mantenía en espléndida forma.
También me fueron presentados los tíos de Chemo: una hermana de la madre y su esposo. No habían tenido hijos, de modo que los sobrinos crecieron a caballo entre las dos casas.
Cuñada, sobrina… y todo el vecindario me fue presentado... y me sentía morir de timidez con cada presentación.
Comenzamos a planear cenas y comidas: “para que conozcas mejor a mi familia, a la tuya y para que se conozcan ambas y se realice la petición de mano”.
La primera comida fue con la familia de Chemo: una larga mesa en el restaurante donde en poco tiempo se realizaría el banquete de bodas.
Nada de particular, salvo los nervios lógicos de conocer formalmente a la familia política. Pero...
Estaba en un momento de la comida, hablando con otro comensal, cuando percibí que alguien se acercaba a mi oído izquierdo: era la tía de Chemo quien me susurraba queda pero frmemente, pegada su boca al lóbulo de mi oreja:
.- Te advierto que ésta es una familia muy unida y queremos que siga siéndolo…
Me asusté ante lo que me pareció una advertencia digna de la mafia siciliana.
Durante tanto tiempo me atemorizaron el tono y las palabras, así como la amenaza latente que destilaban, que aún revivo cada detalle de ese momento.
Hoy sé que en mi relación hubo "dos suegras"; entonces no sólo no sabía cuántos iban a llegar a ser en mi matrimonio, y reía con ingénua despreocupación la ironía y bromas de Juan y los demás amigos de Chemo cada vez que éste les comentaba que teníamos un compromiso:
“Qué… ¿Otra comida familiar?”, preguntaban entre carcajadas.
Y es que rara era la semana en que no hubiera celebración familiar... y solemne.
Cuando alguien se tiene que levantar, en ocasiones, a las seis de la mañana para estar a tiempo de una vista en un Juzgado a más de cien kilómetros, comer allí, volver al despacho por la tarde y salir a las ocho de la noche, se hace muy cuesta arriba incluso algo que, a buen seguro, resulta una gozada para cualquier novia. Y es que me sentía agotada nada más empezar: desplazarme a la Iglesia, dejar atada la fecha de la ceremonia, encargar el traje, los zapatos, el ramo, las flores (más reuniones: con las novias de ese mismo día, para compartir gastos de ornamentación de la Iglesia. Y qué difícil resulta poner de acuerdo a tres mujeres que quieren que el suyo sea el día más especial); los detalles de la novia para los invitados, los puros que, supuestamente, aporta el padrino (y que hubo de poner yo… pues me acompañaría un padrino “putativo”, en sustitución de mi padre, ya gravemente enfermo); el restaurante, la comida, los invitados, el viaje de novios, sacar adelante expedientes - calculando el tiempo de la luna de miel y que no me surgieran señalamientos y vistas entretanto- los anillos (hasta éste detalle de dos hube de elegir completamente sola); la lista de bodas, las pruebas…
No es de extrañar que terminara por sacudierme un pánico cerval y llegara a proponerle a Chemo que lo olvidáramos todo y nos casáramos en el Ayuntamiento, tan sólo con la familia más cercana acompañándonos.
Pero Chemo se negó: no iba a “hacerle eso” a su familia; y me urgió a seguir sola con los preparativos.
Y lo cierto es que yo esperaba que mi novio comprendiera que yo sola no podía con todo: que ni siquiera necesitaba de todo ese teatro, para decir "sí: te quiero"...
Necesitaba un mínimo apoyo siquiera los fines de semana que él regresaba; de todas formas, no había pensado que fuera precisamente Chemo quien insistiera en una ceremonia religiosa: si bien soy católica practicante, Chemo se mostraba más bien tibio respecto a la religión y sólo acudía a misa por acompañarme. Decía Chemo que había sido monaguillo durante su infancia y que, por este motivo, ya había pisado bastante la Iglesia. Por dicha razón, pero aduciendo de cara al párroco que no tenía tiempo por su trabajo fuera de la ciudad, se había librado de los cursillos prematrimoniales.
Ciertamente, podían haberle sido de utilidad a Chemo... absolutamente inconsciente de que el matrimonio (cualquier relación estable) es una convicencia de amor y ayuda.
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