El Oculto

Pudo sucederte a tí...
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Tercera Parte- La Boda

16 octubre 2007 | RSS





TERCERA PARTE


La Boda


I



Llegó el día de la boda.

Previamente, había concertado los servicios de una peluquera y maquilladora, pues había preguntado en varios establecimientos que se empeñaban en peinarme y maquillarme la tarde anterior. Francamente, no me veía como una gallina, durmiendo de pie, para no estropearse el maquillaje ni el peinado.

Bien temprano, pues la boda era a las doce, puse a toda la familia en pie de guerra, para no tener problemas con el baño, los espejos... y para que mi madre pudiera también ser maquillada antes de salir para la Iglesia.
Nada más llegar, la maquilladora se fijó en un punto negro que yo tenía en la espalda y me dijo que me lo iba a explotar: “porque una novia no podía llevar semejante cosa a la vista”. Y yo, que jamás me había explotado nada, me negué; pero de nada me sirvió la negativa:" a traición", la maquilladora presionó con las uñas y me formó, con el tiempo, un lío en esa parte de mi anatomía del que todavía se acuerdan mi carne y piel, aunque sólo sea por el agujero que me quedó tras la intervención y las curas que se me hubieron de practicar una vez se descubrió que la "maniobra" me había provocado una infección.

Peinada y maquillada, le cedí el puesto a mi madre mientras me disponía a vestirme con calma. Hube de esperar a que la maquilladora finalizase su trabajo para ayudarme a vestir completamente, pues el traje iba abotonado de arriba abajo en la espalda y, evidentemente, yo sola no podía abrocharme.
Los ojales eran demasiado estrechos y duros, como les suele suceder a los vestidos nuevos; y nos las veíamos y deseábamos para introducir los numerosísimos botones. Tan duro fue el trabajo de vestirme, que llegó la hora de salir para la Iglesia y todo el mundo se fue corriendo porque “iba a empezar la ceremonia”, mientras yo gritaba- al borde la histeria- que qué ceremonia ni qué, si la novia aún estaba en casa a medio vestir.
Terminé por urgir a mi padrino y a mi cuñado para que, por lo que más quisieran, me ayudaran a abrochar esos dichos botones.

El caso es que tuve que salir de casa con medio vestido sin abrochar.
Menos mal que con tanto encaje nadie pareció darse cuenta.

Bajé al portal, prácticamente perdiendo el velo; y allí encontré al tío de Chemo que quería hacerme unas fotos. Me encontraba nerviosa, pero pensé que esas fotos no podrían volver a repetirse, de manera que posé... sin saber qué hacer ni dónde poner las manos: algo me faltaba, pero no sabía el qué, de tanto nervio como me sacudía.
Ayudada por un amigo de mi padrino, entré en el coche nupcial (el de mi padre) y nos dirigimos a la Iglesia.
El tiempo no acompañaba mucho: de hecho había estado lloviendo toda la mañana y el cielo aparecía plomizo
“Por favor, por favor: que no llueva a la entrada ni a la salida, por favor, sólo pido eso”, rogaba en el trayecto, pensando en si servirían de algo los huevos que había llevado a las monjas clarisas, por cumplir la tradición. Y lo cierto es que no me cayó ni una gota de agua...

Llegamos a la explanada de la Iglesia y ví llegar hasta mí al novio más guapo del mundo: Chemo, quien me tendía la mano para ayudarme a salir del coche, cuando… ¡me dí cuenta de que me había olvidado del ramo de novia!
Rápidamente le conté a Chemo lo que ocurría y todos comenzaron a insistir en que entrara y me casara sin el ramo. Pero yo, que no había preparado tanto para nada, dije que no me casaba sin el ramo y que, por favor, alguien fuera a recogerlo de la casa de mis padres.
El hermano de mi cuñado accedió y echó a correr. Mientras aquél regresaba con el ramo, yo no sabía si morderme las uña o mandar a la porra al sacerdote, que me conminaba a entrar de una buena vez en la Iglesia.

Al fin llegó el ramo. Me eché el velo sobre el rostro y me así al brazo de mi padrino.


Más tarde algún conocido no invitado me comentaría que, al verme en la entrada del templo del brazo de mi padrino, había creído que quien se casaba era precisamente el padrino: “¡qué novia más guapa tiene el chico!. ¿Quién será?”. Y es que, gracias al cotilleo de tantos años sobre mi persona, que me colgó el apelativo “de profesión, soltera” ” no parecía idónea protagonista de bodas, según parece.

Se suponía que Chemo debía esperarme en el altar… eso pensaba yo, después de los ensayos y de aprenderme cuanto manda la tradición en estos casos. Pues no: me hicieron entrar antes y esperar al novio en el altar. Tiempo después me streví a confesarme que eso me había producido una premonición desagradable, más aún que la del olvido del ramo de novia.


Y no fue la única durante la ceremonia: porque a Chemo, en el momento de jurarme fidelidad, se le atragantó la palabra y, tras intentarlo varias veces, le salió en su lugar “felicidad”.


Bueno… entonces sonreí y pensé que tenía más valor prometer felicidad.

El párroco que ofició la ceremonia nos conocía, a mí y a mi familia, de toda la vida. Su sermón fue, a mi juicio, fabuloso, pues insistió en los aspectos de la vida en común que podían matar el amor; recordó a los contrayentes (a juicio de Chemo, no parecía sino que el párroco le estuviese sermoneando sólo a él… aunque a mí tampoco me hubiera extrañado) que nadie era perfecto ni cuerpo glorioso y que había que tomar con cariño y comprensión los pequeños defectos del otro.

Aún cuando no deseaba sino que terminase todo, me sentía más relajada: disfrutaba de la música del cuarteto que había elegido y me volvía de vez en cuando para mirar los rostros sonrientes de mis familiares.

Alguien me reguntó después que si no repetiría: ni loca volvería a organizar una boda ni a protagonizarla, aseguré; quizás porque yo sola me había tenido que ocupar de todo… hasta de pagar... excepción hecha del banquete y del viaje, que fueron a medias. Lo demás, todo por cuenta de mi cuenta.

Y es que Chemo me había comentado la conveniencia de que hiciésemos separación de bienes, arguyendo que su puesto político de entonces, codirigiendo una Consejería, podía hacerle reo de responsabilidades patrimoniales... de manera que si algo sucedía, al menos mis bienes quedarían libres.. A mí no me pareció mala idea: cada uno tenía su trabajo y sus ingresos y no dependía económicamente del otro. Pero no lo llevamos a cabo antes de la boda, pues Chemo no efectuó ninguna gestión al respecto y yo estaba demasiado ocupada con los preparativos y mi trabajo.

Tras la ceremonia y el consabido reportaje fotográfico, se sirvieron los aperitivos.

Me sentí zarandeada de un lado a otro: “¡una foto con la familia del novio, otra con la familia de la novia, ahora todos juntos!”. Una vez que me entregaron el álbum de la boda, Me percaté de que la “novia” era mi suegra: era a ella a quien Chemo daba la mano en las fotos, no a la recién desposada.

Felicitaciones, consultas del personal del restaurante, quejas de algún invitado porque se le sentaba junto a gente que decía no conocer de nada… pensé que no podía más.
Por fin nos sentamos a la mesa y, como estaba previsto… marisco y carne.
Y la novia debía ser un poema: jugueteando con los cubiertos mientras todos comían a dos carrillos.
Un camarero al que le estaré toda la vida agradecida, se acercó a mí y, entre disculpas por el atrevimiento, me preguntó por qué no comía. Le expliqué lo ya dicho a Chemo y su familia: que el marisco me producía alergia y la carne nunca me había gustadodemasiado… y no había otra cosa que comer.
Entonces el muchacho se ofreció a traerme cualquier cosa de la cocina. Le sonreí agradecida por poder comer algo y que alguien hubiese tenido el detalle de tenerme en cuenta.
Por otra parte, hubo que encargar, sobre la marcha, comidas distintas para algún invitado harto de bodas y mariscos y deseoso de comerse una tortilla de patatas, así como para los niños invitados, a quienes las delicatessen les traían al fresco. Vamos: que Chemo se preocupó más por el estómago de sus invitados, que por el de su esposa...

Tras los “¡que se besen, que se besen!” y la comida, con la mitad de los invitados ya achispados, comenzó a tocar la orquesta y abrí el vals con Chemo: Chemo no tenía la más mínima idea y aquello resultó más un forcejeo que una danza nupcial. Pero le pusimos voluntad y dimos unas cuantas vueltas hasta terminar la pieza, mientras me las apañaba como podía con la cola de mi vestido, cuya cinta se rompió nada más recogerla en mi muñeca.


Terminó el vals y casi sin poder decir “hasta luego”, mi ya suegra tomó del brazo a su hijo para bailar la siguiente pieza.


Como ya dije, mi padrino era “putativo”: me hacía ese favor toda vez que mi padre se hallaba enfermo y yo comprendía que no podría soportar la ceremonia ni el vals. Así pues, de la misma manera que el padrino se negó a regalar los puros y hube de ponerlos yo, también me advirtió de que no pensaba bailar el vals conmigo.


De manera que me ví sola en la pista de baile, jugueteando con el vestido y sin levantar los ojos del suelo; me sabía ahí en medio: yo, supuesta protagonista y rotundamente sola, y los ojos de todos mis invitados fijos en mí. Sola y avergonzada de que mi novio no se diera cuenta, de que mi padrino no le echara algo de valor para sacarme del apuro y de que nadie hiciese más que contemplar cómo iba mi expresión del pálido al encendido.



Alguien me susurró con acento afectuoso, "¿bailas?". Y miré agradecida hasta la eternidad el rostro de mi salvador, mi héroe: Javier.
Alto, delgado, guapo, educado, cariñoso… el único amigo de Chemo capaz para la sensibilidad y el detalle.

¡¡SÍ!!, prácticamente grité, enmedio de una oleada de agradecimiento y alivio.

Pocos años después, supe que Javi había muerto en un gravísimo accidente, a causa de un derrumbamiento cuando transitaba con un jeep en otros mundos a los que su dedicación de cooperante le había llevado.
A la hora de escribir estas líneas, he de dejar constancia del agradecimiento y cariño inmensos que le he profesado y profeso a Javier desde el día en que no me dejó sola en la pista de baile.
Quiero creer que, esté donde esté, Javier conoce la profundidad del afecto y reconocimiento que por él siento... desde aquél día, desde antes, y hasta el último de nuestras existencias.


Lina, su mi suegra, me preguntaba satisfecha: “Y... ¿qué se siente al ser la señora de…?”, y yo, un tanto desconcertada, respondía: “nada… sigo siendo yo misma, con mi nombre y los apellidos de mis padres… no nací de una col”.

Y es que... guardaba (y aún mantengo, cuando me importunan más allá de mi paciencia y prudencia) una ironía mordaz para las inconveniencias. Un quasi-sarcasmo que puede resultar más venenoso que la picadura de un alacrán.

Puesto que el banquete se prolongaba todo el día, hube de regresar a casa de mis padres para quitarme el vestido de novia y ponerme un traje corto… a toda velocidad, ya que los amigos de Chemo nos esperaban.
Merienda, cena… baile todo el día…

No podía con mi alma, y había de poner el mayor cuidado con las expresiones de mi rostro:
El relaciones públicas del restaurante me había advertido de que una novia es por definición “feliz” y que si había algún problema ninguno de los invitados debía darse cuenta. Es decir: “te lo tragas todo”, venía a explicar. “Porque los invitados estarán pendientes de ti en todo momento”.

Y aquéllo no terminaba nunca.

Chemo bailaba con sus amigos, completamente olvidado de su esposa.

Por fín, alguien sugirió seguir la juerga en una discoteca. Leire Me horrorizó la idea, pensando en que enlazaríamos el banquete con la salida del avión para la luna de miel. Y se lo comenté a Chemo, quien se mostró receptivo y avisó a los amigos de que los novios se retiraban a descansar.
Respiré aliviada y pensé “gracias a Dios por los pequeños favores”

Entre bromas, felicitaciones y deseos de suerte, al fin me ví camino de mi nuevo hogar, al lado de Chemo.

Años después, mi padre me comentaría las proféticas palabras que le dirigió su consuegro durante el banquete:

- “Conociendo como conozco a mi hijo, este matrimonio dura dos días”