
Al comienzo de la relación, yo sabía muy poco de Chemo: un hombre inteligente, que había sabido aprovechar las oportunidades que su familia le había ofrecido en cuanto a su formación profesional... y ya. Una familia de extracción humilde...y mucho dinero-logrado a base de trabajo y sacrificio- que había tenido el mérito de darles a él y a su hermano unos estudios superiores, sacados adelante con provecho.
El currículum profesional de Chemo era abrumador: oposiciones ganadas y puestos de trabajo conseguidos a pulso: eso me decía mucho de la sana ambición por superarse de mi novio… pero también un asomo de sospecha de que mi pareja parecía no conformarse con nada… tantos cambios de trabajo en tan corto espacio de tiempo.
Además de inteligente, Chemo era un hombre sumamente divertido y ocurrente, expresivo y expansivo, de esas personalidades que siempre ocupan la totalidad del espacio de cualquier sala, con su presencia y conversación. Amigo de sus amigos, siempre presto a ayudar… parecía multiplicarse. A veces, yo llegaba a sospechar que mi novio tenía un gemelo secreto: no conseguía explicarme de dónde sacaba el tiempo para estar conmigo y, además, y atender sus múltiples facetas profesionales, sociales y de ocio.
Vitalidad e inteligencia definían a Chemo. Y además me hacía reir: algo que yo encontraba irresistiblemente seductor. ¿Cómo no caer rendida ante tan abrumadora personalidad?
Galante… así era Chemo. Siempre enamorado y pendiente hasta del más nimio detalle: un tirante del vestido que se rompe, y Chemo acude al rescate improvisando un broche de un anillo; paseos por las playas de media costa, para dar satisfacción a mi amor por el mar; siempre tomados de la mano, de la cintura o (la actitud favorita de Chemo) apoyado su peso en mis hombros; siempre preparado para librar a su novia de cualquier dificultad o peligro… un hombre muy resolutivo.
En la costa fue donde ,e percaté de que el arrojo de mi novio era más bien temeridad:
Al poco tiempo de comenzar la relación, presentada a los amigos de Chemo (salvo Irma y Juan; y excepto éstos, todos casados y con hijos) decidieron hacer una excursión hasta una playa surgida del monte: una maravilla de ensenada entre la hierba, estrechamente custodiada por agudas rocas que apenas dejaban resquicio hasta el mar abierto.
Chemo llevaba ese día sus viejas y amadas botas camperas. Y le ví dirigirse hacia las rocas:
.- ¿Qué hace?
.- Ni idea- respondió Irma. Aunque conociéndole, éste es capaz de hacer una burrada.
Efectivamente.
Todos los amigos pudieron contemplar a Chemo en plena ascensión al pico más alto de la ensenada.
Entre gritos de “¡baja de ahí, que te vas a matar!” y los únicos prismáticos del grupo rotando de ojo en ojo, Chemo llegó a la cumbre.
Aplausos y reverencia.
Pero tocaba la peor parte: el descenso. Y aquí las camperas resbalaban, las manos no encontraban grietas a las que asirse… y quedaba por salvar el desfiladero entre dos peñas.
Le vieron dudar un rato y se temieron lo peor.
Yo estaba a punto de echarme a llorar y, entre gimoteos, prometía que, si no se mataba, le mataría yo misma en cuanto pusiera un pie en la arena.
Por fin, de un salto, consiguió Chemo cruzar la brecha, torturándose a buen seguro (aunque nunca lo dijo) la mitad del cuerpo. Y poco a poco llegó a la arena.
Le abracé como si la vida se nos fuera en el nanosegundo siguiente. Y Chemo, muy sonriente y satisfecho, comenzó la “rueda de prensa”:
.- ¡Estuviste a punto de matarte en la brecha!. ¡Tú estás loco, tío!- le recriminaba alguien.
Y él, encantado de su hazaña, respondía que lo vio tan mal que a punto estuvo de quedarse allí, en espera de que subiera la marea, para poder regresar a la playa nadando.
.- ¿Por qué lo hiciste?- le preguntaba una chica-.
.- Porque Leire me lo exigió como prueba de amor.
.- ¿En serio?...
Y todo el mundo comenzó a mirarme como si fuera la bruja Baba-Yaga
.- Oid… que yo no… pero… ¿cómo podéis creer eso?. Que yo le quiero… ¿cómo iba a pedirle que se mate ni por mí ni por nadie?… en serio…
Pero Chemo estaba ya en otra conversación, sin molestarse en desmentir la trola; y la gente me miraba de una forma que me erizó el vello en los brazos.
No sería la única vez… porque Chemo parecía disfrutar preocupándome: solía meterse en el mar, mientras yo le esperaba en la orilla y, de repente, buceaba una ola y no salía.
Yo escuadriñaba la marea, esperando ver la cabeza morena de mi novio… pero él no reaparecía.
Entonces me metía en el agua, le llamaba a gritos y, al no descubrirle, salía corriendo a avisar a los salvavidas, a punto de llorar y absolutamente desencajada. Antes de llegar al puesto, aparecía Chemo muerto de risa: se escondía bajo una ola y luego buceaba en esquina, aprovechando la marea para no ser visto.
A la tercera vez que me gastó la misma “broma”, le juré que le abandonaría si repetía; y él prometió enmendarse.
Me hacía cierta gracia que Chemo fuera celoso: le había contado que un chico de la pandilla con la que solía salir, pretendía de mí algo más que amistad. Y es que yo no tenía secretos para mi novio.
La fiesta de cumpleaños de este muchacho fue un verdadero tormento para Chemo, no invitado a la celebración. A la salida, me recibió con un abrazo desesperado, como quien aferra un madero en el naufragio.
Tiempo después los celos de Chemo dejarían de tener“gracia, por desmedidos, para mí, incapaz en mi vida de sentirlos ni entenderlos.
Por entonces, yo veía ya muy poco a mis amigas: tiempo atrás había comenzado a repartir mi tiempo entre el café con ellas y las salidas nocturnas con los amigos, ya que aquéllas eran poco dadas a esas horas y a mí me encantaba la noche.
Iniciada la relación con Chemo, todo mi tiempo libre lo pasaba con él. Y es que teníamos nuestros respectivos trabajos en ciudades separadas por quinientos kilómetros de distancia; por lo que el romance transcurría entre semana vía teléfono.
Lo cierto es que alguna vez quedamos con mis amigas, pero él se oponía cada vez más: “son muy aburridas; no sé por qué sales con ellas; no les pegas nada”…
“¡Son mis amigas!”, defendía yo.
Y me fui distanciando de ellas debido a que Chemo me guiaba cada vez con más frecuencia a reuniones con sus propios amigos y familia.
Incluso viajes a los que yo jamás habría ido con gente a la que apenas conocía, acudí por insistencia de Chemo: “son muy buenas personas”. Y yo espantaba sus aprensiones por agradar a Chemo y a su entorno.
Viajamos a Londres. La primera vez en mi vida que salía de mi país. A parte de la novedad, consideré que sería una oportunidad magnífica para practicar mi inglés de colegio y conocer mejor a mi novio y los amigos de éste:
Fue uno de los fines de semana más felices de mi existencia: Chemo atento, cariñoso, desarrollando una curiosa teoría acerca de que él era el “Vagabundo” y yo la “Dama” (según decía entonces, me asemejaba al colmo de la distinción y la elegancia; de forma y fondo). En suma… adorable. Pero excesivamente insistente:
Chemo había llevado un sombrero para protegerse de la lluvia… y yo el mío propio, que había guardado en el bolso de mano. Una noche, paseando por los barrios de la ciudad, Chemo dio por empeñarse en que usara el sombrero que él llevaba y yo, agradeciendo el ofrecimiento, lo rechazé, señalando que ya llevaba el mío propio y que, además, el de Chemo me quedaba tan grande que me caía hasta la barbilla y no veía.
Tal era la insistencia de Chemo que yo ya no sabía en qué idioma explicarle que no quería cambiar de sombrero, que el mío estaba bien. Y es que dejó de parecerme cortesía la insistencia, para entender en Chemo simple cabezonería que no sabía explicarme…
.- “Que te lo pongas”-se empeñaba Chemo-
.- Chemo, gracias… pero te insisto en que si quisiera ponerme sombrero me pondría el mío. Póntelo tú, anda.
.- “Que no. Que quiero que te pongas mi sombrero”
.- “Chemo, ya basta, por favor. Que cada uno llevamos el nuestro; que no hace falta. Y el tuyo me queda muy grande. En serio:. Que no”
Y así todo el camino, hasta que estuve a punto de ser rendida por agotamiento… pero no hizo falta. Porque Chemo, en un momento dado, mientras caminábamos hablando y mirándonos, ¡zas!: me encasquetó, sin previo aviso, su sombrero. Hasta la barbilla.
En ese momento, caminábamos frente a una farola y yo, al tener el gorro sobre los ojos y verme así “cegada” de súbito… me estampé contra ella
Los amigos de Chemo prorrumpieron en sonoras carcajadas, mientras quien suscribe, a quien el golpe había tirado contra el suelo, las oía muy lejanas, como amortigüadas por un colchón.
Me levanté de la acera, bastante aturdida y sintiendo un fuerte dolor en su nariz. Mientras seguían las carcajadas de los amigos de Chemo, comprobaba, al llevarme una mano a la dolorida nariz, que estaba sangrando abundantemente.
Le dolía mucho el puente y temía habérselo roto.
Chemo me tomó del brazo y me condujo hasta el hotel, asustado; pidiéndome mil perdones por haber sido el causante del golpe… Yo estaba aún aturdida y apenas musitaba un “me duele mucho”.
Llegamos al hotel y me tumbé en una cama, junto a una caja de pañuelos de papel, intentando cortar la hemorragia nasal. Chemo, a mi lado, continuaba pidiendo perdón y entonces… le ví llorar. Me sentí tan enternecida por las lágrimas de mi novio que olvidé el dolor.
Mientras los amigos de Chemo continuaban riéndose y gastando bromas, mi nariz se hinchaba, pero cesaba poco a poco de sangrar; y yo consolaba a Chemo, pensando que ese hombre me amaba de verdad…
Entonces no “procesé” esa y otras actitudes de los amigos de Chemo conmigo. Desde fuera, un observador ajeno diría que me aceptaban por fuerza… por ser la novia de su amigo pero, a la vista de esta y otras actitudes, parece que jamás debieron estimarme en lo más mínimo..
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Después de que mis amigas fueran “sosas”, mis amigos esultaron “gay”, a juicio de Chemo.
Me molestaba profundamente que despreciara así a mis amistades pero creía que era por celos y, en el fondo, sentía cierta dulce piedad por Chemo… me resultaba un rasgo de inseguridad muy conmovedor.
Entonces no lo sabía, pero Chemo ya había comenzado a separarme de mi vida. Controlándola.
Me sentía tan segura entre sus brazos… por fin no necesitaba ser “la fuerte”, la que cargaba con todos los pesos…. Y me sentía agradecida y feliz de poder dejar el papel de Atlas. Por fin una hoguera en lo oscuro; una voz cálida que insistía cien veces por minuto “¿Quién te quiere a ti?”";})();ButtonMouseDown(this);'>![]()
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